: Retroroc: 2034 (I)

2034 (I)

        Cuando sonó la bocina del teléfono el hombre de la cabeza brillante estaba acabando de repasar las callosidades de sus dedos con una afilada navaja. Era una mala costumbre que tenía desde hacía años; durante la pausa del almuerzo se cortaba finas capas de epidermis, en lugar de limarlas, pensando que así se dejaba las manos más que finas, pero la realidad era que cada vez que salía a escalar  se le agrietaban de tal manera que, por poco que apretara, tenía que subir siempre con 8 ó 9 dedos forrados de esparadrapo. Los cortes que se le hacían en los callos eran tremendos, y cuando le cicatrizaban en bordes durísimos los volvía a repasar con la navaja mientras pensaba, Esta vez sí que me han quedado bien.
     Hemos dicho que sonó la bocina del teléfono, y aunque parezca una especie de latino americanismo, si es que está bien decirlo así, sonó ciertamente una bocina que estaba situada en lo alto de la nave, justo encima del puente-grúa; era el aviso de que llamaban por teléfono.

      La llamada era para él. A su jefe, un hombre de anacrónico bigotillo ancho y corto, con una inmensa calva cercada por las sienes y la nuca de una espesa corona de pelo seborreico, que brillaba aún más si cabe que la cabeza del hombre de la cabeza brillante, no le hacía ninguna gracia que llamaran a sus empleados al trabajo. El jefe entró en la sala de descanso y dijo con voz desganada, Eh!, tú, te llaman al teléfono. El hombre de la cabeza brillante saltó de la silla como un gamo y se dirigió a la oficina para coger el teléfono, hacía ya unos años que no tenía ni whatsapp, ni sms, ni leches. Por no tener, en realidad no tenía ni móvil, y por eso le tenían que llamar siempre al teléfono del trabajo. El que llamaba era un buen amigo suyo, más o menos de su edad, y que con el paso de los años tampoco había perdido la afición por escalar. Llamaba para decirle que hoy, a la salida del trabajo, no podría ir al monte, Tengo que producir más por menos, le dijo con cierta sorna, no podré ir hoy a dar un pegue, además ya no tengo dinero para pagar las tasas. Bueno, dijo el hombre de la cabeza brillante, ya me pillará el celador de vía. Y es que con la nueva Ley de Ordenación de Espacios Verticales (LOEVE) que se había implantado unos años atrás, las cosas habían cambiado mucho. Ahora, para ir a escalar, había que pagar una tasa estipulada por el Gobierno, que se incrementaba anualmente en el porcentaje que marcaba el IPC, o sea, inversamente proporcional a los salarios, que bajaban anualmente en el mismo porcentaje que dictara el mencionado IPC.

           El hombre de la cabeza brillante llevaba gastadas  unas 72.000 neo-pesetas (nptas) en tasas. Para hacernos una idea de si esto es mucho o poco, se debe tener en cuenta que éste era el gasto en una sola vía; venía a costar de 3000 a 6000 nptas/pegue, según el tipo de vía, dificultad, longitud, número de seguros, facilidad de acceso...todo estaba  regulado. También hay que decir que su sueldo era de unas 850.000 nptas, y que la RISA (Remuneración Ideal Salarial) -lo que antiguamente se conocía  como SMI- implantada por el Gobierno, era de 415.000. Para comprender mejor esto de las economías diremos que, por ejemplo, una barra de pan venía a costar unas 1000 nptas, y llenar un depósito de gasolina, del orden de las 80 ó 90.000. Por eso hacía ya unos años que el hombre de la cabeza brillante tampoco tenía coche. Solía ir a escalar en tranvía, y es que el Gobierno había invertido en los últimos años mucho dinero en la red de tranvías, que aunque los economistas más ilustres decían que resultaba deficitario, al hombre de la cabeza brillante le coincidía que tenía una parada justo en la puerta de la nave, y que le dejaba muy cerca de una zona de escalada que frecuentaba, a unos 40 kilómetros de la ciudad.  El tranvía no era barato, pero la afición lo puede todo. 

          Cuando llegó al sector se encontró de frente con el celador de vía, que era un tipo bastante mezquino con un aspecto que delataba toda su indignidad, si es que ésta puede manifestarse así, a través del rostro y la figura. Esta tarde me vas a tener que pillar, le dijo el hombre de la cabeza brillante, mi amigo no vendrá. Quieres que te pille, eh?, pues ya sabes, son 5000 de la tasa y otras 5000 para mí... y no ensayes mucho rato que ya sabes que te bajo cagando leches. Ya lo sé, ya, no te preocupes, toma las 10.000, hoy no voy a calentar.

            Con la LOEVE ya no quedaban casi paredes sin privatizar. Diez o doce años atrás, antes de que las antiguas Comunidades Autónomas hubieran expropiado todas las paredes que se encontraban en fincas particulares y se hubieran apropiado de todas las demás, el hombre de la cabeza brillante tenía muchos secretivos recónditos para escalar libremente. Ahora, el Gobierno Unánime, que era así como le gustaba definirse, las había recalificado todas como IVUV (Instalaciones Verticales de Uso Vigilado) y las había vendido a los grandes lobbies empresariales, que habían visto en los packs de multiaventura una expansión que les resultaba muy vistosa y animada. Con esta tesitura era casi imposible escalar sin los malditos celadores de vía merodeando por las paredes, de 6 de la mañana a 10 de la noche, en dos turnos de 8 horas de trabajo cada uno.

                                                                                                                                            [Sigue en 2034 (II)]

8 comentarios:

  1. Dios como te va esa cabeza !!! Del Aleman que pierde las cosas, tú no te mueres !!! Saludos Set. Gracias por las risas.

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  2. acojonante!! da hasta miedo y todo..

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  3. Muy bueno... a ver como termina.
    Saludos.

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  4. Juer, ¡qué depre!, ¿no? La verdad es que te puedes esperar cualquier cosa, viendo cómo está el percal. No obstante, espero que no seas un visionario.

    Saludos.

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  5. 50 años más tarde, qué guapo.
    Buenísimo lo de la RISA !!

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  6. Genial, enhorabuena por el blog.

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  7. Un mundo feliz A. Huxley pero de la escalada.
    Gracias por el excelente relato relato. Tienes dotes para la narrativa.
    Un saludo.

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