: Retroroc: Noches toledanas (II)

Noches toledanas (II)

[Viene de Noches toledanas (I)]

         Comenzaron la escalada y eran casi las dos de la mañana. El guarda iba primero con su linterna frontal y detrás el rescatador, con un petate a la espalda de más de 20 kilos y 100 metros de cuerda estática enganchados al anillo del arnés. Dentro del petate ya sabemos lo que había, pero encima iba también un rotativo luminoso, como el de los tractores, que permitía a los miembros del grupo de rescate que permanecían abajo localizar la cordada en todo momento.  Éstos idearon un sistema que al guarda le iría de perlas: de uno de los todo terreno desmontaron un faro de la parrilla frontal, de tal manera que quedaba colgando de los cables y podían dirigirlo hacia la pared, orientados por la luz del rotativo.

        Un poco de sombra se hacía a sí mismo, pero se veía de maravilla; el guarda ya podía pensar sólo en la sed que tenía, sin preocuparse tanto de verse los pies. Cuando llegaron a largo más expuesto, ya próximos al enriscado, el rescatador dijo por el walkie talkie a los del coche: Atención, luz, los seguros están alejados, quiere mucha luz, corto.  Agua, quiero mucho agua, pensaba el guarda a pesar de que en las tres reuniones anteriores ya se había bebido más de la mitad de la que subían.

        El guarda escalaba el largo sin muchos problemas técnicos; una vez entrado en calor y si no fuera por el reflujo gastroesofágico que le sobrevenía cada seis o siete pasos, hasta lo estaría pasando bien con aquella escalada, incluso iba encadenando con la más estricta ética del friki, vamos, que le estaba pareciendo algo así como si estuviera en un espectáculo de La Fura dels Baus. Los pies se los veía bien, que era lo que más le había preocupado al empezar, pero ese último cigarrillo que había fumado al acabar el largo anterior le había dejado otra vez la boca con la sensación del tapete, bueno, ahora más bien lo que sentía era como si hubiera pasado la lengua por una mesa de billar, de punta a punta.

        Cuando el guarda llegó a la reunión el enriscado estaba animadísimo, de la pierna ya no decía nada, y eso que llevaba más de tres horas en la situación que ya hemos descrito, pero bueno, la vamos a recordar: montado en un rápel volado, con un ocho y un shunt, a 30 metros de la reunión y separado 10 metros de la pared, con un vacío a sus pies de 150 metros... y de noche, aunque sobre decirlo. ¡De puta madre, colega!, ¡que pronto habéis subido!, ¡de puuuta maaaadreeeeee!, gritaba el enriscado, que llevaba con ésta y otras matracas desde que empezó a percibir las conversaciones entre la cordada de rescate. Desde la reunión, el guarda estaría separado a una distancia de unos 20 metros del enriscado, éste todavía en el aire y él en la pared. Con un hilo de voz, que no le quedaba más, el guarda le preguntó por la pierna. ¿Qué pierna?, dijo el enriscado, ¡baahh! ¡ya se me ha pasao!, ¿subís agua?, ¡tengo una sed que me jodo vivo!. Todo esto lo decía a grito pelao, que se dice, con una voz clara, potente y varonil. En realidad, por la distancia entre los interlocutores y la tranquilidad de la noche, apenas hacía falta hablar algo más alto de lo normal.

      En pocos minutos el guarda se puso al corriente, con pelos y señales,  de los acontecimientos vividos por el enriscado. Mientras tanto aseguraba la progresión del rescatador en el largo más comprometido, y justo cuando estaba pensando que la situación pintaba mejor de lo que parecía en un principio, que dada la vitalidad y entereza que mostraba el enriscado, el cacolet (arnés para descolgar heridos en un rescate) seguro que no iba a ser necesario y ello agilizaría mucho la maniobra, justo entonces, decíamos, se escuchó un agudo y silbante latigazo de cuerdas en el aire. Inmediatamente, la cuerda que aseguraba al rescatador se tensó violentamente y se oyó un fuerte grito. 

        El rescatador había caído a causa de la estática que llevaba enganchada al culo.  El petate pesaba un huevo y era inviable escalar en desplome con él a la espalda. Por ello, salvo en el primer largo -en el que había una repisa en la reunión- para los siguientes había utilizado la técnica de dejarlo  colgando de un gancho en un anclaje de la reunión, y luego los 100 metros de cuerda estática apilados cuidadosamente sobre el petate, para que fueran desplegándose con el peso mínimo a medida que él avanzaba por el largo; en resúmen, un extremo de la cuerda estática  enganchada al rescatador, el otro al petate, y toda la madeja sobre éste, procurando no ocultar el rotativo.  Una vez en la reunión de arriba se recuperaba la cuerda hasta que tiraba del gancho y liberaba el petate del anclaje, dejándolo suspendido en el aire para poder izarlo.  El caso es que durante la progresión del rescatador, la madeja de cuerda empezó a desenrollarse y a caer poco a poco hasta que se desplegó por completo en el aire pegando un tremendo tirón que "arrancó" al rescatador de la pared, dejándolo en una situación similar a la del enriscado.

        Pero no nos asustemos, el rescatador tenía la preparación suficiente y los medios adecuados para remontar la cuerda por sus propios medios. Tras unos segundos para superar el susto el rescatador gritó una segunda vez; sólo dijo: ¡me cagoooo!, y al poco comenzó a remontar la cuerda para alcanzar la pared.

          Entre tanto, el guarda y el enriscado continuaban en la reunión de arriba, lógico, dónde iban a estar si no. El enriscado seguía hablándole a voz en grito. Cómo se nota que este cabrón no se ha comido las anchoas ni lleva un litro de cerveza en el cuerpo... claro... que éste no habrá cenao ni nada..., se decía a sí mismo el guarda cuando comprobó que los cabos sobrantes de la cuerda del enriscado quedaban a su altura. Entonces, con la voz afónica y entrecortada por las rayadas del ardor que le subía del estómago, le dijo que balanceara las cuerdas para que pudiera cogerlas y así atraerlo hasta la reunión. Fue facilísimo, el enriscado hizo unas gazas con las cuerdas y las lanzó con precisión a las manos del guarda. Sólo tuvo que continuar el rápel en el que estaba montado,  unos 10 metros, y en cinco segundos estaba anclado junto al guarda en la reunión. Dándole unas fortísimas palmadas en la espalda que hicieron que los reflujos del guarda fueran acompañados de otro tremendo eructo, que bien hay que decirlo, le alivió bastante, le preguntó emocionado: ¿Dónde tienes el agua?,  Está abajo, en el petate, ¿quieres un cigarro? le dijo el guarda con sorna. ¡Ostias!, ¡no jodas que llevas tabaco!, ¡trae uno!, ¡trae!. El guarda, consciente de que no había conseguido amilanar a esa especie de búfalo vigoroso que llevaba colgando inmóvil del arnés más de cuatro horas, y que ahora le pedía de fumar sin beber desde hace horas, sacó la cajetilla de tabaco y fumaron los dos.  No iba él a ser menos; él, el héroe que había subido a rescatar a un pobre montañero maltrecho.

         Y aquí se puede decir que las tribulaciones habían llegado a su fin. Una vez que el rescatador llegó a la reunión y comprobó también que el estado del enriscado era excelente, tras ofrecerle agua, (que si llega a ser por el guarda, por los cojones bebe, que por un par de rápeles más bien podría haber aguantado sin beber perfectamente, y a él, a él  sí que  le hubieran ido más que bien para los ardores esos tragos, aunque escasos, que le había "hurtado" el enriscado.) Pues eso, que decíamos que tras ofrecerle agua, el rescatador  habló con los de abajo por el walkie: Baja el herido primero, no requiere ayuda, esperad a pie de vía para recibirlo, corto.

          Un rápel de 100 metros, limpio, hasta la repisa del L1; otro de 40 hasta el suelo -que montaría el enriscado con sus propias cuerdas-  y en un santiamén estaban los tres abajo. No sabemos que diría el enriscado al resto del equipo cuando llegó al suelo, que como ya hemos dicho llegó el primero, pero cuando ya estaban todos en el refugio había como una sensación de respeto hacia él, una especie de observancia, se podría decir.

         De pie junto a la barra, con un codo apoyado en ella y la mano colgando, una tibia cruzada sobre la otra y el pie apoyando la puntera, el enriscado empinaba el porrón de cerveza dejando caer el chorro a medio metro de la boca. Con un movimiento circular del brazo, rápido y seco, cortó el chorro; ni una sola gota derramada. Mientras el jefe del grupo de rescate, sentado en una mesa con semblante serio, rellenaba  los partes de incidencias, el enriscado se secó los labios con la manga del jersey y dijo: ¡Aaaggghh!, ¡qué, Manolo... esta noche cenamos caracoles o qué!, No lo creo, dijo el hombre de la barba blanca, son las cinco de la mañana...pero no te preocupes, he tenido mucho tiempo y he cogido  unos cuantos.

        El guarda, al otro lado de la barra, servía unos cafés al personal del grupo, que entre risas  educadas conversaban entre ellos con voz suave, algo más acorde con las horas y las circunstancias. Al terminar de servir salió al comedor a compartir el porrón con el enriscado.  Ahora el guarda era quien empinaba el codo; iba a decir algo pero el enriscado empezó a contar una peripecia que le había acontecido meses atrás: ...Pues estaba rapelando del collado y se me acabó un cabo de las cuerdas y me salí del rápel, decía mientras le quitaba el porrón de las manos al guarda. Entonces, mientras caía me quedé sentado a caballo en una sabina más abajo, ¡ja, ja, ja!. Tras echar otro largo trago dejó el porrón  encima de la barra, separó los brazos a la altura de la cabeza con las palmas de las manos enfrentadas a un metro de distacia y dijo con un vozarrón tremendo: ¡Se me pusieron los pitos así! ¡ja,ja,ja,ja...!. El guarda, que había cogido de nuevo el porrón, lo apartó bruscamente de la boca a la vez que escupía en el suelo, con los monfletes hinchados e intentando cerrar la boca, todo el líquido que todavía no había tragado.  Por la descripción de la situación que el enriscado había hecho, el guarda comprendió que cuando lanzó la cuerda para rapelar, había un cabo de 45 metros y otro de 5, pues la sabina en que el enriscado quedó colgado sin cuerdas, bueno, con las cuerdas pasadas por su ocho y fuera de la instalación de rápel, decíamos que la sabina -en la que el enriscado se produjo el hematoma de los pitos-  estaba a eso,  a unos 5 metros de la salida del rápel.

         Cumplimentados todos los datos el grupo de rescate se despidió agradeciendo la colaboración del guarda y deseando un feliz descanso... y suerte al enriscado. Un poco más tarde, salieron a la calle  el guarda, el enriscado y el hombre de la barba blanca. Mientras éste metía las bolsas de los caracoles en el maletero del coche, el enriscado sacó 10.000 pesetas de la cartera y ofreciéndoselas al guarda le dijo: Toma, cógelas.  No jodas, hombre, encima de que has estado puteao toda la noche te va a costar diez mil pelas. ¡Como no las cojas no te hablo en la vida! (hay que decir que nunca se volvieron a ver). El guarda cogió los billetes y se los metió al bolsillo. Cuando les ofreció pasar la noche en el refugio para que no viajaran tras la paliza que llevaban encima, el enriscado dijo: ¡No te preocupes, hombre, que conduzco yo!

5 comentarios:

  1. Tengo la mujer mosqueada diciéndome de que cojones me rio tanto, el vino sigue en la mesa pues de tantas risas no me dejas beber... Haz un libro YA!!!! que lo que falta ahora mismo en la sociedad es RISAS....Te has superado Maestro.

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  2. Partiente!! Me pregunto si cualquier parecido de los hechos con la realidad será pura coincidencia...o si se trata de una de las situaciones rocambolescas que un guarda puede llegar a presenciar. Inhumano el detalle de la luz giratoria en el petate! Si haces un libro ganas un premio, fijo.

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  3. Buenisimo, me he descojonao varias veces pero en el final ''¡No te preocupes, hombre, que conduzco yo!'' casi me muero, !será ......¡. Gracias por el rato Javi.

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  4. Sencillamente sublime. Besos y abrazos desde Lizara.

    El comandante Cousteau

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  5. Me troncho.....que bueno más post pronto!


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